martes, 1 de abril de 2008


Claudio Castillo M.


Los primeros días de Enero, próximo a partir a trabajos de verano, tuve la mala ocurrencia de leer mi horóscopo, el cual anunciaba: “Géminis: Problemas de incontinencia urinaria. Compre nylon y deje los líquidos antes de las seis de la tarde”.

Me asusté ante semejante sentencia, mal que mal iba a construir baños (vaya paradoja) en Kurarewe, una pequeña localidad ubicada en la IX región. Es decir, me estaba a punto de embarcar en un viaje de 12 horas, para ir a un lugar que no conocía (ni era capaz de ubicar en el mapa), a pasar 10 días, levantando una habitación de la nada, bañándome con agua fría, despertando temprano y acostándome tarde. El panorama no era muy alentador.

Pero tomé mi decisión, tras analizar dos puntos sumamente relevantes. El primero, fue recordar mis dos hermosas experiencias anteriores en trabajos de verano: Barrancas (en San Antonio) y Río Cipreses (en Rancagua), donde compartí con niños que cambiaron mi percepción de mundo en 180 grados. Y el segundo, fue pensar que hace 10 años jóvenes de CJE se van a Kurarewe para experimentar lo que yo estaba cercano a vivir, de hecho, muchos de ellos han vuelto una o varias veces. Entonces, o son muy tontos o hay una razón fuerte para hacerlo. Yo me quedo con lo último, y es por eso que decidí retar al destino (léase horóscopo) e irme de todas maneras.

Lo primero que me encontré al llegar a Kurarewe fue con una lluvia torrencial (tal vez mi horóscopo tenía razón). Pero en fin, ya estábamos allá y había que aperrar. Luego de formar los grupos de trabajo, nos llevaron a la casa que nos correspondía, para conocer a la familia.

Al llegar se asomó por la puerta una mujer (la señora Mónica) que nos saludaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Tras conversar un rato con la señora Mónica nos enteramos que hace tres años, precisamente la casa en la que estábamos, había sido levantada por el viento y arrojada varios metros hacia abajo. Desde aquel entonces la señora Mónica no tenía electricidad. Inferí que allá el invierno debía ser muy crudo.

Pero bueno del dicho al hecho, nos pusimos a trabajar. Los días que siguieron fueron duros, tuvimos que cavar un hoyo de 3 metros de profundidad. Pero para nuestra suerte tuvimos dos ayudantes: Gamaliel de 12 y Romina de 10, hijos de la señora Mónica, quienes cooperaban en todo lo que podían.

Los demás días (y en medio de chanchos, gallinas, corderos y demases) hicimos de todo: cortar, martillar, cavar, armar, medir, romper, forrar, baratear. Hubo momentos en que dudamos que alcanzaríamos a terminar el baño, mal que mal nuestra experiencia en construcción era casi nula, pero había que sacar fuerzas de donde fuera (las sopaipillas de la señora Mónica ayudaban en eso), y después de mucho trabajo, y a un par de horas de tener que abordar el bus de regreso, terminamos de poner los artefactos (lavamanos, WC, y ducha) fuimos a buscar a la señora Mónica y a los niños, quienes al ver el baño nos agradecieron con un dejo de emoción en su voz, y nosotros exhaustos, llenos de tierra, suciedad y sustancias de dudosa procedencia nos despedimos con abrazos.

Tras subirme al bus, y dejar Kurarewe, me puse a asimilar todo lo que había vivido, la experiencia única que acaba de experimentar, todo lo que aprendí en un lugar desconocido (o tal vez olvidado) con gente honesta, humilde, y acogedora y llegué a la siguiente conclusión: El horóscopo miente…

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Recuerdo cuando fui por primera vez a Curarrehue, era el año 1997, tenía en ese entonces 17 años. En ese entonces todavía no se hacía baños en las comunidades rurales, si no que se pintaba completo el internado. El año que fui por primera vez nos tocó la epidemia de anta y nuestra primera labor fue desarmar una vieja casa ubicada al lado de la parroquia. Fue espectacular, que a los 17 años te pasen un martillo gigante y la única instrucción sea hagan tira la casa fue algo que no olvidaré mientras viva y menos cuando en uno de los tantos golpes le dimos en seco a un nido de ratones cola larga, nadie salió arrancando, nadie usaba mascarillas, felices seguimos pegándole a la casa hasta botarla. Luego me tocó ir el año 98, esta vez fuimos a Flor del Valle, comunidad ubicada en la cordillera entre araucarias y bosques de coihüe. Allí nos tocó hacer una zanja a través de un bosque, para llevar agua a una escuelita rural...como siempre las anecdotas son muchas, pero la sensación es una sola: la felicidad tiene que ver con entregarse a más no poder.